LA DIABLESA ORIGINARIA

De entre el ensueño encantador de unas flores hechiceras, surge la mágica voz de KUNDRY, la diablesa originaria, el prototipo de la perdición y de la caída, a la que ni el propio Amfortas, el rey maravilloso del Santo Grial, pudo antaño resistir.

Clama apasionada la fémina misteriosa llamando al héroe por su propio nombre. Aquél con el cual en otros tiempos le llamara tiernamente su madre amorosa.

“¡PARSIFAL, detente! -le grita la dulce voz-. A un tiempo te invitan el placer y la dicha… ¡Apartaos de él, vulgares mujeres, enamoradas y frívolas niñas, flores fascinantes de unas cuantas horas que muy pronto os marchitáis!”.

Ante aquellas palabras, las Ninfas volubles, variables y versátiles, quedan profundamente contristadas.

Escrito está -y eso lo saben muchas gentes-, que aquellas bellezas malignas después se alejaron riendo de regreso al castillo tenebroso de KLINGSOR.

PARSIFAL dirige una mirada temerosa hacia ese lugar de amores donde la voz había surgido…

Y entonces contempla la visión aquella de juvenil y espléndida hermosura; la provocativa KUNDRY tendida en un macizo de exquisitas flores y exornada con el más fantástico y tentador ropaje que el refinamiento árabe pudo jamás soñar.

“¿Acaso fuiste tú, sublime beldad femenina, aquella que me llamara? ¿A mí quien jamás tuviera nombre?”.

“¿También ¡Oh Dioses!, crecisteis y os desprendisteis de la floresta perfumada?”.

“Sí”, responde KUNDRY, aquella rubia borrascosa que llamaban Herodías, y sus palabras tan tiernas resuenan con acentos conmovedores de dulcísima lira…

“A ti inocente y puro, llamé FAL-PARSI”…

“Moribundo en la exótica tierra de CALIFAS y SULTANES, así nombró y saludó gozoso tu valeroso Padre GAMURET al hijo que había engendrado. Precisamente para revelártelo esperaba yo aquí”.

“Ciertamente yo no nací de entre este jardín de maravillas como las otras beldades”…

“Muy lejos de todos estos encantos miliunanochescos está mi querida Patria; tan sólo estaba en este rincón de dichas pasionales para que me encontrases”.

“De tierras muy lejanas llegué y muchas cosas extraordinarias he visto; espero que me escuches”…

“Es bueno que tú sepas que tuve la inmensa dicha de conocer a tu madre HERZELEIDE”…

“Sólo llorar sabía aquella excepcional mujer rindiéndose al dolor por el amor y la muerte de tu padre, de cuya misma desventura quiso preservarte, cifrando en ello sus más altos e imperiosos deberes, apartándote del ejercicio de las armas para guardarte y salvarte de la saña de los hombres”.

“Madrecita linda, madrecita buena, que tuviste un día labios de granada, dientes de marfil, bucles que rodaban como una cascada sobre esa tu espalda tibia y perfumada, en ese tu cuerpo tallado a buril”…

“Madrecita santa que tuviste un día, todos los encantos de una bella hurí; madrecita tierna, blanca y perfumada como una azucena que al abrir su cáliz convirtiose en cuna para mecerte a ti”.

“Tan sólo hubo para ella sombras y temores, que nunca tú, habías de conocer. ¿No escuchas acaso sus llamadas de angustia, las mismas de cuando lejos andabas?”.

“Madrecita linda, madrecita buena, que en aquellas noches de la Luna llena, ponías el columpio en el gran árbol de tu jardín”…

“Ya allí te llevaba el dulce y la cena olorosa a musgo, clavel y verbena y a rosas, durazno y jazmín”…

“Más tú nunca supiste sus penas, ni jamás el delirio de sus sufrimientos, un día te fuiste para jamás volver”…

“Ansiosa te esperó muchos días, hasta que la hicieron enmudecer sus propios lamentos y murió”…

Samael Aún Weor

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