El Maestro Chino Wu Wen

El gran maestro Wu Wen empezó sus prácticas de meditación bajo la sabia dirección del maestro Tuo Weng.

El primer trabajo de meditación se realizó con el siguiente koan o frase misteriosa: “No es la mente, no es el Buddha, no es nada”.

Wu Wen sentado al estilo oriental concentraba su mente en esta frase tratando de comprender su honda significación.

Realmente este KOAN o frase enigmática es difícil de comprender y, meditando en ella, con el sano propósito de experimentar la verdad encerrada en cada una de las palabras contenidas en esta frase misteriosa, es claro que al fin la mente, no pudiendo conocer su significado, cae vencida, como herida de muerte, entonces se resigna, quedando quieta y en silencio.

El maestro chino Wu Wen tuvo la dicha de encontrarse con Yung Feng y Yueh Shan, y algunos otros hermanos, y todos juntos se comprometieron a trabajar para alcanzar la iluminación.

Después de algún tiempo Wu Wen fue hasta el maestro Huai Shi, quien le enseñó a meditar con ayuda del mantram sagrado WU. Este mantram se canta mentalmente con la letra U repetida dos veces U… U… alargando el sonido vocal, como imitando el sonido del huracán cuando aúlla entre la garganta de la montaña, o como el golpe terrible de las olas contra la playa.

El canto de este mantram se hace mentalmente cuando practicamos la meditación, con el propósito de llegar a la quietud y al silencio de la mente, cuando necesitamos vaciar la mente de toda clase de pensamientos, deseos, recuerdos, preocupaciones, etc.

Después fue hasta Chang Lu en donde practicó la meditación con su compañero que anhelaba la iluminación final.

Cuando Wu Wen conoció a Chin de Huai Shang, este último le preguntó: “Hace seis o siete años que estáis practicando, ¿qué has llegado a entender? Wu Wen contestó: “Cada día tengo la impresión de que no hay nada en mi mente”.

Esta respuesta fue muy sabia; ya Wu Wen tenía la impresión de que no había nada en su mente, empezaba su mente a quedar vacía, el batallar de los razonamientos estaba llegando a su final.

Wu Wen avanzaba maravillosamente, pero le faltaba algo, y Chin le dijo: “Puedes practicar en la quietud pero pierdes la práctica en la actividad”. Esto inquietó mucho a Wu Wen, pues le tocaba precisamente su punto débil.

Ser capaz de tener la mente quieta y en silencio, vacía de toda clase de pensamientos, aun cuando tengamos hambre… sed, aun cuando los mosquitos nos piquen o haya mucha bulla de gente a nuestro lado… es algo muy difícil, y esto era lo que le faltaba a Wu Wen; éste podía practicar la meditación en la quietud, pero no podía practicar en la actividad, es decir, con todos estos inconvenientes.

“¿Qué debo hacer?” Preguntó Wu Wen a Chín; la respuesta fue: “¿Nunca has oído lo que dice Chung Lao-Tsé? Sí quieres entender esto, ponte de cara al sur y contempla la Osa Menor”.

Palabras enigmáticas… palabras exóticas… misteriosas… difíciles de comprender, y lo más grave: que no hay explicación. Dicho esto, Chin se retiró.

Wu Wen quedó tremendamente preocupado, dejó la práctica con el mantram Wu por una semana y concentró su mente, procurando entender en forma total qué había querido decir Chin con eso de “volverse al sur y contemplar la Osa Menor”.

Esto sólo lo vino a entender cuando los monjes que le acompañaban en el salón de meditación abandonaron el recinto para pasar al comedor. Entonces Wu Wen continuó su meditación en el salón y olvidó la comida.

Eso de llegar la hora de la comida y sin embargo seguir meditando, aquello de pasar inadvertida la comida, fue ciertamente algo muy decisivo para Wu Wen, porque entonces comprendió el significado de meditar en la actividad.

Cuenta Wu Wen que precisamente en esos momentos su mente se tornó brillante, vacía, ligera, transparente, sus humanos pensamientos se fragmentaron en pedazos como pedacitos de pellejo seco, sintió sumergirse entre el vacío.

Media hora más tarde, cuando regresó a su cuerpo, encontró que éste estaba bañado en sudor. Entonces fue cuando comprendió eso de ver a la Osa Menor, de cara al sur.

Había aprendido durante la meditación a hacerle frente, a darle la cara a la Osa Menor, es decir, al hambre, al bullicio, a toda clase de factores perjudiciales para la meditación.

Desde este momento ya ningún ruido, ni picaduras de mosquitos, ni la molestia del hambre, ni el calor ni el frío pudieron impedirle la perfecta concentración del pensamiento.

Mas tarde, cuando de nuevo visitó a Chin, pudo contestar con entera exactitud todas las preguntas que éste le formuló, sin embargo es doloroso decir que Wu Wen aún no estaba lo suficientemente despojado como para alcanzar el estado de “Dar un salto hacia adelante”.

Pasado algún tiempo, Wu Wen fue a visitar a Hsianh Yen, en las montañas, para pasar la estación del verano, y cuenta que, durante la meditación, los mosquitos le picaban terriblemente y sin misericordia alguna, pero él había aprendido a mirar muy de frente a la Osa Menor (obstáculos, inconvenientes, hambre, mosquitos, etc.) y entonces pensó: “Si los antiguos sacrificaban sus cuerpos por el Dharma, ¿he de temer yo a los mosquitos”?

Consciente de esto, se propuso tolerar pacientemente a todos los aguijonazos, con los puños contraídos y las mandíbulas apretadas; aguantando las horribles picadas de los mosquitos, concentraba su mente en el mantram W.U. (u… u…).

Wu Wen cantaba el mantram W.U.; imitaba con la U el sonido del viento entre la garganta de la montaña, el sonido del mar cuando azota la playa; Wu Wen sabía combinar inteligentemente la meditación con el sueño.

Wu Wen, cantaba su mantram con la mente y no pensaba en nada. Cuando algún deseo o recuerdo o pensamiento surgía en su entendimiento, Wu Wen no lo rechazaba, lo estudiaba, lo analizaba, lo comprendía en todos los niveles de la mente, y luego lo olvidaba en forma radical, total o definitiva.

Wu Wen cantaba su Mantram en forma continua, nada deseaba, nada razonaba, cualquier deseo o pensamiento que surgía en la mente era debidamente comprendido y luego olvidado, el canto del mantram no se interrumpía, los mosquitos y sus aguijonazos ya no importaban.

De pronto algo trascendental sucede, sintió que su mente y su cuerpo se derrumbaban como las cuatro paredes de una casa. Era el estado del vacío iluminador, puro, perfecto, libre de toda clase de atributos; se había sentado a meditar en las primeras horas de la mañana y tan sólo al atardecer se levantó.

Es claro que uno se puede entregar a la meditación sentado al estilo oriental con las piernas cruzadas como lo hacía el Buddha, o al estilo occidental en la posición más cómoda, o acostado con los brazos y piernas abiertos a derecha e izquierda, como la estrella de cinco puntas, y con el cuerpo relajado, pero Wu Wen era oriental y prefería sentarse al estilo oriental como el Buddha.

Hasta este momento el gran maestro chino Wu Wen logró experimentar el vacío iluminador, mas todavía le faltaba algo, no había llegado a la plena madurez, en su mente había pensamientos erróneos e inadvertidos, que en forma secreta continuaban existiendo, pequeños demonios tentadores, pequeños yoes subconscientes, residuos que todavía vivían en los cuarenta y nueve departamentos subconscientes de Iadalbaoth.

Después de esta experiencia del vacío iluminador, Wu Wen se fue a la montaña de Wung Chow y allí meditó seis años, después meditó otros seis años en la montaña de Lu Han y luego tres años más en Kuang Chou. Al cabo de estos esfuerzos y después de haber sufrido mucho, el maestro Wu Wen logró la última iluminación.

El maestro Wu Wen fue un verdadero atleta de la meditación. Durante sus prácticas comprendió que todo esfuerzo mental crea tensión intelectual y que ésta es nociva para la meditación, porque obstruye la iluminación.

El maestro Wu Wen nunca se dividió entre un yo superior y otro de tipo inferior, porque comprendió que superior o inferior son dos secciones de una misma cosa.

El maestro Wu Wen se sentía a sí mismo, no como un dios ni como un Deva, al estilo de los mitómanos, sino como un infeliz yo pluralizado, dispuesto de verdad a morir cada vez más y más en sí mismo.

El maestro Wu Wen no se auto-dividía entre yo y mis pensamientos, porque comprendía que mis pensamientos y yo son todo yo, y que es necesario ser íntegro para alcanzar la meditación perfecta.

Durante la meditación el maestro Wu Wen se hallaba en estado íntegro, receptivo, tremendamente humilde, con mente quieta y en profundo silencio, sin esfuerzo de ninguna clase, sin tensión mental, sin el deseo de ser algo más, porque Wu Wen sabía muy bien que el yo es lo que es y que jamás puede ser algo más de lo que es.

En estas condiciones, todos los trescientos mil clanes del cuerpo mental del maestro Wu Wen vibraban intensamente con el mismo tono, sin esfuerzo alguno, captando, recibiendo amor y sabiduría.

Cuando Wu Wen estuvo en las salas y Lumisiales de meditación, todos los monjes recibieron un gran beneficio con las potentes vibraciones de su aura luminosa.

Wu Wen ya poseía los Cuerpos Existenciales Superiores del Ser, los Cuerpos Solares, pero necesitaba disolver el yo y lograr la iluminación final, y la logró después de haber sufrido mucho.

Samael Aun Weor

Leave a Reply